Dejaste de ser tu cargo y nadie sabe ya cómo presentarte

Durante veinte años apenas has tenido que explicar quién eres, porque lo hacía tu tarjeta por ti. Director de tal cosa en tal compañía, y la persona que tenías enfrente situaba al instante el peso que llevabas y el terreno del que podías ocuparte, sin que mediara una palabra más.

El día en que ese cargo desaparece, por una salida, un cambio de rumbo o una decisión tomada en frío, aparece una revelación incómoda. El cargo venía hablando por ti durante dos décadas, y debajo de él quedaba un mensaje propio que, en realidad, apenas habías llegado a construir.

El cargo era una muleta que no sabías que usabas

Conviene decir de entrada que esto tiene poco de fallo personal, porque el sistema está diseñado precisamente para funcionar así. Dentro de una organización grande, tu posición en el organigrama se encarga de casi todo el trabajo de presentarte, y comunica tu autoridad y tu ámbito antes incluso de que abras la boca.

La dificultad asoma cuando esa estructura deja de mantenerte por detrás. A partir de ese momento te toca responder a qué te dedicas sin un cargo que responda en tu lugar, y quien atesora una experiencia larga tiende a quedarse en blanco o, lo que viene a ser parecido, a recitar su currículum. Veinte años de recorrido reducidos a una sucesión de empresas y fechas que dice bastante poco a quien escucha.

Por qué el currículum ya no te sirve

El currículum responde con diligencia a una pregunta que, sencillamente, ha dejado de hacerse: qué puestos has ocupado a lo largo del tiempo.

La pregunta que de verdad te plantean ahora apunta a otro sitio. Quieren saber qué problema resuelves y por qué tú antes que otro, y eso no cabe en una cronología, porque esta da cuenta de por dónde has pasado mientras guarda silencio sobre lo que sabes ver cuando los demás todavía no lo ven.

Lo que suele ocurrir es que la respuesta estaba ahí desde el principio, aunque enterrada bajo la acumulación de títulos. Debajo de esos veinte años late una manera concreta de resolver las cosas, una clase de situación que has sabido manejar con soltura una y otra vez, una forma de mirar que fuiste repitiendo en cada puesto sin llegar a ponerle nombre. Eso es lo que te presenta a partir de ahora, y el cargo se limitaba a taparlo.

Las dos reacciones que no conducen a nada

Ante este vacío, la mayoría se decanta por uno de dos caminos, y ambos terminan en el mismo callejón.

  • El primero consiste en aferrarse al cargo que ya se ha perdido, en seguir compareciendo como ex-director de tal sitio, colgado de una etapa clausurada. Ese gesto te ancla al pasado y, de paso, susurra a quien escucha que lo mejor de tu historia quedó atrás.
  • El segundo empuja hacia la reinvención desde cero, como si aquellos veinte años pesaran poco o nada. Borrón y cuenta nueva, vocabulario estrenado, la sensación de empezar de aprendiz a los cincuenta. Ese camino tiene la mala costumbre de arrojar por la borda lo único que de ningún modo puede improvisarse, que es la experiencia realmente vivida.

Ninguna de las dos reacciones mira hacia donde conviene mirar, que está dentro de lo que ya hiciste.

Qué conviene encontrar

El hilo. Aquello que se repite a lo largo de toda tu trayectoria por debajo de la sucesión de cargos.

Vuelve la vista a tus últimos puestos y pregúntate para qué te reclamaban una y otra vez. No lo que figuraba en tu descripción de funciones, sino aquello para lo que te buscaban de verdad, incluso en los casos en que no entraba oficialmente dentro de tu trabajo. Ahí suele agazaparse tu ventaja, en esa tarea que resolvías con tal soltura que acababan encomendándotela sin pensarlo dos veces.

Pregúntate después qué veías tú que a tu alrededor pasaba inadvertido. En cada equipo hay alguien que detecta antes cierto tipo de problema, que traduce lo técnico al lenguaje del negocio o que intuye con antelación cuándo una decisión va a torcerse. Esa capacidad viaja contigo de una empresa a otra y, sin embargo, jamás aparece dibujada en un organigrama.

Eso que reaparece en cada etapa es lo que de verdad te posiciona. El cargo venía prestado y había que devolverlo. Esto otro es tuyo, y te lo llevas puesto allá donde vayas.

Después, decidir dónde

Dar con el hilo resuelve apenas la mitad del asunto. La otra mitad consiste en decidir en qué lugares y de qué manera apareces con él por delante.

Qué conversaciones merecen tu presencia, qué cuentas y qué prefieres reservarte, en qué orden vas dándote a conocer. La tentación, alimentada por el miedo a desaparecer, empuja a estar en todas partes a la vez. Rinde bastante más escoger unos pocos sitios y volverse reconocible en ellos, que viene a ser justamente lo contrario de repartirse hasta diluirse.

Lo arduo de este momento, que es a la vez lo mejor que tiene, es que por primera vez en años eres tú quien decide qué cuenta de ti. Durante dos décadas lo decidió tu puesto en tu lugar. Ahora el relato lo eliges con tus propias manos, y ese vértigo acaba revelándose, en cuanto se reposa, como una ventaja considerable.

Si acabas de salir de una etapa y no sabes cómo presentarte sin el cargo, cuéntame en qué punto estás y vemos tu caso: mm@auzors.com

Marta Moya Martin | Madrid, España