Un libro no te hace experto, pero ordena lo que ya sabes
«Yo escribiré un libro cuando sea alguien.» Lo he oído en comidas, en reuniones y en más de una primera conversación, dicho por gente que lleva veinte años resolviendo en su campo problemas que la mayoría ni siquiera sabría formular. Esperan a convertirse en referentes para publicar, como quien aguarda a merecer el premio antes de recogerlo.
La mecánica, sin embargo, discurre en sentido contrario. El libro no comparece cuando ya eres referente, sino que forma parte de lo que te va convirtiendo en uno.
Lo que un libro demuestra de verdad
Un libro acredita bastante menos de lo que se cree sobre cuánto sabes. Abunda la gente que sabe muchísimo y apenas acierta a explicarlo, y este matiz pesa más de lo que parece, porque en la cabeza del cliente saber y saber transmitir cotizan casi al mismo precio.
Lo que un libro acredita de veras es que has sabido ordenar lo que llevas dentro. Que has tomado veinte años de experiencia dispersa, hecha de intuiciones y de casos y de lecciones aprendidas a golpes, y la has convertido en algo provisto de estructura, que alguien ajeno puede seguir con el dedo y llevarse a su propio terreno. Esa capacidad de ordenar escasea, y viene a ser lo que distingue a un experto de quien simplemente acumula años en el trabajo.
Ponerlo por escrito te obliga precisamente a esa ordenación. Mal puedes escribir un capítulo sobre el modo en que haces algo mientras tú mismo ignoras cómo lo haces. El libro te empuja a nombrar tu método, y en muchas ocasiones esa resulta ser la primera vez que lo contemplas entero y de una pieza.
Hablo por experiencia propia
Cuando escribí mi primera saga, mi nombre no decía nada en el mundo editorial. Carecía de ventas que mostrar y de editorial que me respaldara. Publiqué por mi cuenta sencillamente porque era la puerta que encontré abierta.
Lo que no alcanzaba a prever era hasta qué punto el propio ejercicio de escribir terminaría ordenándome a mí. Al verme obligada a estructurar una historia para que funcionase capítulo a capítulo, comprendí con más nitidez qué hacía bien y, sobre todo, por qué lo hacía bien. Y más de once mil ejemplares después, aquel libro acabó siendo la prueba que me franqueó la conversación con una editorial grande, una conversación que hasta entonces ni siquiera existía.
El libro no llegó como consecuencia de un reconocimiento previo. Figuró, más bien, entre sus causas.
Por qué funciona como posicionamiento
Un libro logra cuatro cosas que un perfil de LinkedIn o una web difícilmente consiguen por sí solos.
- Delimita tu territorio. Un libro versa sobre un asunto preciso, y al escribirlo reclamas ese asunto como propio. Dejas de figurar como alguien que entiende de varias materias y pasas a ser la persona que firmó el libro sobre esta en concreto.
- Trabaja mientras duermes. Alguien te lee un domingo por la noche, retiene tu manera de razonar, y cuando más adelante se topa con el problema del que hablabas, tu nombre acude a su memoria. Ese efecto se prolonga durante años sin exigirte ningún esfuerzo añadido.
- Transforma el modo en que los demás te presentan. Pasas de ser una referencia más a convertirte en el autor del libro sobre tal materia, y esa etiqueta pesa lo suyo en una presentación, en una invitación a intervenir o en una primera reunión.
- Y ordena tu discurso hacia fuera. Una vez que has articulado tus ideas con la exigencia que impone la página escrita, las explicas mejor en cualquier otro sitio, desde una charla hasta una comida de trabajo.
El error de escribir el libro equivocado
Conviene aclarar que un libro cualquiera no posiciona. El que fracasa en el empeño es ese que se afana en demostrar que su autor entiende de absolutamente todo.
Un libro que pretende abarcarlo todo termina por no reclamar territorio alguno, porque un territorio se delimita eligiendo, y elegir supone dejar cosas fuera del mapa. El libro que verdaderamente posiciona aborda un asunto con hondura en lugar de rozar diez por encima. Y suele imponer más respeto escribir el específico, porque da la impresión de que uno renuncia a parte de lo que sabe, cuando es justamente esa renuncia la que vuelve a su autor reconocible.
El punto de partida rara vez pasa por preguntarse qué quiero contar. Arranca más bien de otra cuestión: qué quiero que piense de mí quien cierre el libro. De ahí hacia atrás se va decidiendo todo lo demás.
Lo que hace falta antes de escribir una línea
Tener resuelto el ángulo. Qué sabes tú que merece un libro y que todavía no se ha repetido mil veces por ahí.
Esa es la parte que la mayoría se salta a la ligera, y de ahí que proliferen tantos libros de empresa que no encuentran lectores. Se lanzan a escribir sin haber decidido de antemano qué los hace distintos, y el resultado acaba siendo un manual correcto, perfectamente intercambiable con otros cincuenta. El trabajo de fondo, que consiste en dar con el ángulo, coincide con el que hago al trabajar una marca o un profesional, con la única diferencia de que aquí el formato final toma la forma de un libro.
Si llevas tiempo pensando que tienes un libro dentro pero no sabes por dónde, cuéntamelo y vemos si lo tienes y cuál es: mm@auzors.com


